Diego Ibarburu (@DiegoIbarburu)
En los últimos días River y Boca se lucieron con dos goleadas abultadas frente a Racing y Vélez, respectivamente. En particular se destacó lo ocurrido en el Estadio José Amalfitani, donde los de Liniers recibieron siete goles por primera vez en su historia jugando como local.
Habitualmente las palabras que aparecen a la hora de analizar este tipo de derrotas son “vergüenza”, “papelón”, “histórico”. Se habla de que el DT debería renunciar, los jugadores pedir disculpas y se denuncia una “falta de actitud”, al tiempo que se rescatan figuras del pasado al grito de “esto con montoto no pasaba”. En tiempos de pandemia, circunstancias como estas no parecen haber cambiado, pero sí se ven sensiblemente amortiguadas por la falta de presencia del público en las canchas. Cuando los insultos o las cargadas no retumban, cuando el murmullo ante cada equivocación no se siente, pareciera que todo se vuelven menos grave por cierta falta de volumen político, y esto nos permite reflexionar sobre algunas cosas.
¿Qué pasa si comparamos, por ejemplo, la derrota de Racing contra River del jueves pasado con la eliminación en la Copa Libertadores a manos de Boca, en aquel partido de vuelta que el equipo de Sebastián Beccacece perdió 2 a 0? En el resultado aparece muchísimo más grave el 0-5 por la Supercopa Argentina. Sin embargo, por varios factores, es aquel partido en “La Bombonera” el que desató más cuestionamientos e incluso generó la conclusión del ciclo del DT.

A veces la superioridad de un equipo sobre otro no se refleja en un marcador abultado, mientras que otras tantas es el marcador abultado el que “miente” sobre el status de un equipo y otro. Las goleadas se pueden construir a partir de situaciones puntuales, errores específicos, acaso un lapso de pocos minutos donde un equipo pierde la brújula por cuestiones tácticas y el otro lo aprovecha convirtiendo dos o tres goles. Un análisis más objetivo y que permita mejores diagnósticos debe tomar en cuenta los procesos en los que se inscriben este tipo de resultados, y entender si estos últimos son o no hechos aislados. Por arriba del juego dialéctico entre los hinchas, corresponde que los dirigentes, DT y jugadores evalúen objetivamente lo que hacen.
Por otro lado, en el contexto de estas goleadas, suelen verse distinto tipo de reacciones por parte del equipo derrotado. En el caso de los partidos de la última semana, es para destacar que en ningún momento se produjeron situaciones de juego brusco que pudieran llevar el trámite al terreno de la deslealtad (de hecho en el partido de Vélez vs Boca, el jugador Capaldo debió haber sido expulsado en el primer tiempo y esto no desarmó mentalmente a Vélez en el aspecto de la conducta). En esa actitud no solamente hay un respeto por el rival a pesar de su superioridad abrumadora, sino también un cuidado interno ya que una o dos expulsiones por acciones violentas -más allá de la intentona de un pretendido “desquite”- en definitiva producen (y sobran los ejemplos) más huecos en una estructura de equipo que el rival ya está venciendo ampliamente. Y esto también es un mensaje que, a pesar del fogoneo periodístico, tiene que llegarle a los hinchas como una expresión de honradez en la derrota.

En una etapa distinta del fútbol y de la sociedad toda, podría aprovecharse la oportunidad para mejorar y ordenar el tratamiento de ciertas situaciones y delimitar el impacto que generan, para que el trabajo que se realiza en los clubes encuentre condiciones favorables para evolucionar y a la larga mejorar la calidad de la competencia.
Foto destacada: @GambetaLP